Cuarentaytantos 139

Me requedo en la guagua buscando y contando los dineros de la merienda. Mis hijos ya se bajaron y están peleando con la retrahila de bultos y otros motetes que cargan a diario, intentando sacarlos del baúl sin salir despellejados en el esfuerzo. Antonio y Lorenzo están vestidos de jíbaros para una celebración especial que hay en el colegio. Okey, son unos jíbaros diferentes. Es que mis flinches finalmente están creciendo y el atuendo de jíbaro les queda un poco brinca charco. Rebusqué en la cubeta en la que guardamos cuanto disfraz ha pasado por esta casa, saqué sombreros de brujas, escudos de Power Rangers, batolas negras de esqueletos, batas de médico y capas de bomberos, amén de una variedad impresionante de boas de plumas, guantes de seda y boinas de lentejuelas que pertenecen a mis hijas.

El conjunto de pantalón y camisa blanca con pañuelo rojo se ve muy chico. Me equivoqué en la apreciación de pulgadas que mis hijos han echado, finalmente, en estos últimos meses. Anda pa’l carajo, pensé, ahora qué hago. Antonio y Lorenzo son los más estrictos a la hora de uniformes, disfraces y batules que soliciten en la escuela. Se lo toman muy en serio y procuran asistir de punta en blanco no importa la ocasión que sea. Quéhagoquéhagoquéhago…… espérate que ellos tienen camisas blancas, voy pensando en la locura mañanera que enfrento sola porque mi marido salió a filmar de madrugada.

Antonio me mira atento, piensa que estoy sudando de estrés por cumplir con ellos; no sabe que es la menopausia. Mami, tranquila, podemos usar el pantalón de taekwondo. Yessss!!!!!!!!, le digo y voy corriendo a buscar los calzones (como diría mi abuela) tipo banasta, blancos como la tiza y anchos como una carpa. No recuerdo haber visto a ningún jíbaro vestido de blanco en mis años de infancia. Más bien creo que llevaban cualquier pantalón, de cualquier color y con cualquier camisa. Pero bueno, alguien ha determinado que deben ir de blanco y mis hijos no serán la excepción a pesar de que en esta casa es totalmente válido ser la excepción de vez en cuando y cuando nos de la gana.

Medios dormidos y lagañosos los visto con el pantalón de taekwondo y una camisa de manga larga cuyos puños doblo para que se vean jibaretes fashion. Fashion jibarets, jajaja. Les amarro el cinto rojo y les encasqueto la pava. Eso sí que le hubiera gustado a mi abuela, ver a sus visnietos llevando la pava grande que ella cargó a manera de broche en cuanta elección participó. Es que mi abuela era una popular reventá que adoraba aquella pava, y hasta cargaba un termo con café con leche azucarado y caliente para repartirle a los populares tan pronto votaban. Pero era noble mi viejita, el corazón se le partía en tres cantos y terminaba atosigando de café a los independentitas y penepés también, aunque políticamente le reventaran.

Pues bien, como les iba contando, llegamos al colegio, y mientras rebusco en la cartera el dinero escucho a una niña desde el segundo piso gritándole a Lorenzo. “Miraaaaa ¿y ese pantalón????, eso es de karate nene?”. Gritaba desde aquel segundo piso hacia el espacio, tanto así que yo, con la puerta cerrada, la escuchaba con claridad. Lorenzo abrió su boqueta – siempre he sospechado que de pequeño se tragó una corneta porque así mismo es su tono de voz – y le contestó que “síiiiii es de taekwondo porque el otro no nos sirve”.

Lorenzo es noble. A fin de cuentas no tenía por qué estar dando explicaciones sobre el puto pantalón. Pero las dio. De Antonio ni les digo, ese tiene un arte para pasarse las cosas por donde no le da el sol que resulta verdaderamente impresionante. Lo heredó de su padre. A ellos nada les turba y nada les espanta.

Y aquella nena siguió. “Miraaaaaaaaaaaa y esa camisa….” , gritaba. “Esta es la de jíbaro”, le contestaba Lorenzo. “Ah sí????? Pues parece que es vieja, del año pasado ado ado ado ado….”, le dijo a boca de jarro. Mi hijo bajó la cabeza y se le doblaron hacia abajo – sólo un poquillo, en aras de la verdad – las comisuras de los labios. Mientras tanto yo apreté los míos, pero cuando escuché que aquella niña seguía me dije, ah no, no, no, no. Porque el abuso, queridos amigos, no es exclusivo de los adultos. Tampoco de los hombres. Que los niños también pueden ser abusivos. Y las mujeres también. Al pan, pan y al vino, vino.

Me bajé de la guagua y me paré al lado de Lorenzo. Miré hacia arriba y le pregunté con dulzura y firmeza a la niña. ¿Algún problema con el pantalón? ¿Te molesta en algo la camisa? Como soy media ciega no pude ver en detalle su cambio de color. Sólo sé que no la escuché burlarse más y que quizás no se burlará hoy de otros niños que, como los míos, tienen madres que se matan para empatar disfraces. Tampoco se burlará de los que no pudieron ir vestidos de jíbaros o de los que fueron ataviados de jíbaros distintos.

Lorenzo me miró agradecido, con la tranquilidad de que su mamá estaba allí, de su lado. Supongo que se sintió apoyado y protegido. Conociendo la boqueta y el cerebro rápido y punzante de mi hijo debe haberse debatido entre la enseñanza de respetar a las niñas que le machacamos, y las ganas de brincarse las reglas para contestarle y ponerla en su sitio. Lo agarré por el hombro y lo miré a los ojos.

“Lorenzo, no tienes por qué contestar comentarios tontos, pero cuando un comentario tonto te da ganas de llorar entonces tienes que darte a respetar”.

“Pero es una niña mamá”.

“Las niñas también tienen el deber de respetar”.

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