Cuarentaytantos 140

A estas alturas todos ustedes deben conocerme bastante como para saber que independientemente de lo loquita que puedo ser, hay ciertas cosas en mi vida que no son negociables. Como por ejemplo el respeto, ese sentimiento que tanto cuesta implementar y sostener. A mi me da muchísimo trabajo morderme la lengua, poner esta boqueta en off para guardar silencio y frenar la sarta de palabras atosigadas en mi garganta que luchan por salir disparadas como metralletas. Es un ejercicio sumamente difícil que intento a diario. Confieso con la mano en alto que muchísimas veces fallo. Pero con el tema de la homofobia no.

Es que no logro y no quiero lograr entender por qué en pleno Siglo 21, y supuestamente siendo tan “evolucionados”, somos toda una bomba de prejuicios que cuando estalla quema y desgarra los sentimientos y la vida de tantos hermanos…. sí si, porque parece que se nos olvida que los seres humanos, a fin de cuentas, somos todos hermanos habitando y compartiendo un mismo planeta.

La otra noche me preguntaba Samantha en su programa qué haría yo si un día uno de mis hijos se sentara, me mirara a los ojos y me dijera, mamá, soy gay. Esa es una de las preguntas que, no sé por qué, siempre me anda rondando. No soy gay friendly. Soy people friendly. Porque decir que soy gay friendly es marcar una diferencia entre ellos y yo. Así que no soy gay friendly, ni negro friendly, ni albino friendly, ni político friendly, ni gordo friendly. Porque entre todos esos a los que se señala y yo no existe ninguna diferencia. ¿Me entienden? Creo firmemente que no se puede ir por la vida marcando territorios…. tu aquí bien safe porque eres “igual” que yo, y tu allá, todo jodido, siendo blanco de dardos y petardos, porque supuestamente, y repito s u p u e s t a m e n t e eres diferente. Ay no.

Le expliqué a la querida Samantha lo mismo que digo siempre. Y no pienso cambiar de opinión. Si alguno de mis cuatro hijos tuviera que sentarse a hablarme sobre su preferencia sexual entonces yo habría fallado. Cargué a mis hijos, los parí, los amamanté y los estoy criando. ¿Cómo no voy a darme cuenta de sus preferencias? De todas formas, si así ocurriera, en mi casa no pasaría ni cambiaría absolutamente nada. Mi marido y yo estamos batallando porque nos hemos propuesto una labor que a todas luces es titánica: criar y levantar cuatro excelentes seres humanos. Ese es nuestro propósito, nuestra meta. Créanme que en este esfuerzo nos estamos dejando el pellejo. Y si la logramos, con el favor de Dios, meteremos en la portería de la vida sendo GOL.

Noro y yo nos fajamos mano a mano y día a día para darle a nuestros hijos techo, casa, comida, educación, cuidados médicos y entretenimiento. Pero nos fajamos mucho más por esculpirles un estilo de vida en el que predomine el amor y el respeto tanto hacia ellos mismos como hacia los demás. Queremos que nuestros hijos sean buenos, honestos, trabajadores, respetuosos de la vida, agradecidos al universo y confiados en ese Dios que es todo amor y que no está a las puertas del cielo echando a unos pa’ quí y a otros pa’ llá. No, no, que nos echamos nosotros mismos con acciones podridas y en detrimento de los seres con los que debemos compartir la sociedad. Queremos que nuestros hijos sean luchadores, que sigan sus metas, que vivan en orden que lleguen hasta el cucurucho más alto de lo que les toque.

Queremos que seleccionen buenas parejas y que ellos sean buenas parejas. Que formen, si es que así lo deciden, su propia familia, establezcan un hogar lleno de amor y una estupenda familia de amigos a la que hoy se le llama familia extendida, pero que no es más que la tribu con la que te tocó viajar por la vida. Queremos que cada uno de nuestros cuatro hijos encuentre su talento, lo ponga en marcha y se mire al espejo disfrutando el reflejo claro y brillante del orgullo y la satisfacción. Que aprendan a levantarse de cada caída deteniéndose un ratito a pensar cuál fue en principio la razón de ese tropezón.

Queremos que valoren la naturaleza, la amistad, la generosidad, que reconozcan su rostro en los rostros de los que necesitan alimento, cuidados, justicia.

Eso es lo que queremos. Bueno, y queremos mucho más.

Escribo esta columna porque me ha dado mucha alegría hoy ver que un David flaquito, chiquito y armado con una honda construida con madera de conciencia y entereza, le ha metido sendo pepazo a un Goliat rechoncho y grandotote que iba por la vida pisoteando y lacerando a tanta gente por ser, s u p u e s t a m e n t e, diferentes. Aplaudo el gesto de Pedro Julio Serrano y espero que los amigos de Wapa Televisión, ese taller puertorriqueño que merece todo nuestro apoyo, sostengan la plabra que han dado hoy de prohibir las ofensas hacia la comunidad LGTB.

Quiero ser positiva y pensar que finalmente en este asunto imperará la conciencia y el respeto.

A ustedes les digo que respeto con todo mi corazón a todo aquel que no piense como yo. Pero también ejerzo mi derecho de manifestar que en esta casa, en este hogar, se dice NO A LA HOMOFOBIA, SI AL RESPETO.

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