Cuarentaytantos 173 o Radiografía de un MRI

“¿Qué tonos de tintes tienes?”.

El técnico operador de ese armatoste blancuzco que me escrudiñaría el cerebro me perforó con la mirada, extrañado de que esta doña le preguntara, por bruta o por payasa, si el tinte con el que me pintaría las entrañas de la cabeza venía en variedad de colores para escoger.

Mi receta para combatir los miedos es muy sencilla: la risa. Si no le busco el lado jocoso a los procedimientos que me amenazan con agujas y jeringuillas me pongo a llorar y a temblar como una ridícula. Así que hago toda clase de preguntas (a fin de cuentas es mi cuerpo y tengo derecho a saber) y me río.

No entiendo cómo la ciencia no ha logrado aparatos menos ruidosos y estresantes. Tanta tecnología no ha podido silenciar las herramientas del dentista, por ejemplo, y mucho menos el estruendo de las máquinas de MRI. Supongo que no soy la única que aprieta el culete y reduce el cuerpo ante esos sonidos espantosos, esos chasquidos y zumbidos que hacen que uno trinque hasta la última de las tripas.Me senté en el sillín de aquella máquina y respiré profundamente mientras el operador me colocaba un casco como esos horrendos y enormes que usan los jugadores de futbol. Coloqué las manos en un bracete ancho y frío y acomodé como pude los pies. ¿Puedo respirar…. Y si me quiero salir….. Puedo hablar…. Tu vas a mirarme todo el tiempo a través de ese cristal…. Estás seguro que ves bien…. No te olvidarás de mi…. Puedo abrir los ojos…. Y si el ruido no me gusta?

Aquel muchacho no tuvo más remedio que contestar todas mis preguntas. “Mira,  he pagado ciento noventa y cinco pesos por este examen para que descubran lo que todo el tiempo se ha sabido: que me falta un tornillo. Por culpa de esa tuerca, que no sé dónde carajo se ha perdido, soy tan opinionada, irreverente, habladora y petardete. Fíjate, pensándolo bien quizás esa es la razón de mis locuras y de que a esta edad me resista al envejecimiento del espíritu… porque de cuerpo, okey, estoy bastante jodida”.

Una vez amarrada en aquella silla tuve que hacer el monumental ejercicio de callarme la bocota, cosa que no se me da muy bien, y concentrarme para, de acuerdo a las instrucciones estrictamente impartidas, no mover la cabeza ni un chispitito. Así que quedé como una lagartija, bueno, una lagartija gordita, aferrada a aquellos tubos, aprisionada por la careta blanca, virada en un ángulo de cuarenta grados, culitrinca y culicagada. Bien linda.

 

No hacen más que decirte que no te puedes mover que te entran las ganas de echarte a correr, sientes ganas de hacer pipí y te pica la nariz. De tanto aguantar todas las anteriores se me salió una lágrima, una sola, por el ojo izquierdo, y tuve que contener las ansias de pasarme el revés de la mano para secarme ese chorrito de agua presentao y entrometido en el momento menos indicado. De la cabeza ni les cuento, que de solo saber que estaba inmovilizada, quería girarla como esa escena espantosa y famosa de Linda Blair.

Menos mal que a alguien en esa oficina se le ocurrió la bendita idea de colocar un monitor grandísimo y pasar películas para que uno pueda entretenerse. A mi me tocó Soul Surfer, esa que presenta a una chica que perdió un brazo por la mordida de un tiburón y que con tenacidad logró vencer en una competencia de surfing. Jamás escuché la película, pero por lo menos podía leer los subtítulos, concentrarme en la trama y pensar que si ella pudo vencer también podría hacerlo yo, que estaba pasando por algo que en nada se comparaba.

Y comenzaron los ruidos, el pom pom pom pom, prrrrrrrrrrrr prrrrrrrr, zuzuzuzuzu, todo un menú de sonidos que me acompañó durante treinta y tantos minutos que se hicieron más largos que los rosarios típicos de los novenarios y durante los que me mantuve atenta a la película y a la vez pensando en el color (que imagino antipáticamente amarillento) con el que me habían pintado el cerebro.

Pero sobreviví. Ahora me toca esperar a que el martes me confirmen lo que ya les dije, que estoy loca, que perdí mi tiempo y mi dinero. Pero bueno… así son las cosas.

Antes de irme el operador no pudo aguantar más y como quien no quiere la cosa sucumbió ante la curiosidad. “Una pregunta señora, ¿cuál color hubiera escogido?”.

“Verde…. Verde lima”.

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