Cucarachas

Le tengo pánico a las cucarachas. Pánico. Pavor. Asco. No me explico por qué tanto miedo si total, soy mil veces más grande, más gorda y más fuerte que esos insectos. Pero me minimizan, me aterran, me ponen a correr y a gritar de sólo verlos. De lejos, ahora que tengo menos vista, no puedo verles en detalle. Pero me las imagino. Tengo mente con lente tipo lupa así que no necesito demasiado para dilatarlas a lo lejos y detectar que los bigotes deben ser picosos y las alas crujientes. Fó.

A veces me da pena tenerles tanto terror porque pienso que si existen en este mundo será por algo, por alguna misión que no comprenderé jamás porque no me da la gana, porque me niego, me niego y me niego.

Pues hace unas semanas detectamos varias cucarachas en mi casa, en mi cocina. Horror de horrores!! Las muy sabias no salían de día pero en cuanto entraba la noche, bien de noche, aparecían. Un día, de esos en los que me ataca el hambre de madrugada, bajé las escaleras, encendí la luz de la cocina y pracatán, allí estaba la jodida cucaracha, oscura, rechoncha…. A mi me pareció que medía como seis pulgadas aunque mi marido jura y perjura que no llegaba ni a una. Maldita! Cabrona! Me quedé frizada – eso es lo peor – intentando pensar cómo podía moverme sin que ese monstruo me atacara. Y si es voladora?…. Me haré caca encima y me encontrarán muerta, muerta y embarrada. Carajo. Lo peor de todo es que no me atrevo a matarlas. Se me revuelve el estómago, entro en un estado de nervio que solamente puede compararse con el titingó que le da a la gente en las iglesias, cuando los tocan, se trincan, se caen y se revuelcan a saltitos.

A mi marido le jode mi inutilidad ante ellas porque tiene que venir a mi rescate. Pero carajo, para eso le tengo no? Para que llegue en un caballo blanco, vestido como los jinetes medievales, con una lanza o por lo menos una escoba, para defenderme. Finalmente vino el fumigador, que roció cada esquina de la casa con un líquido incoloro e inoloro para liquidarlas. Afortunadamente en ningún otro lugar de la casa existen esos avechuchos, válgame Dios. “No puede mapear, deje que el líquido haga su efecto. Ellas irán saliendo (cóooooomooooo???) y las chiquitas morirán primero (okey, pero no me explique por favorrrrrr). Pero no se preocupe, las grandes, que son más fuertes, se comerán a las chiquitas (quiero morirme ahora mismooooooo coñoooooo ahórrese la explicaciónnnnnn) y como tienen veneno adentro al comérselas se morirán”.

Santo Cristo de los Milagros…. Perdona a tu pueblo Señoooooorrrrr, perdona a tu pueeeblooo perdónale Señorrrrrrrr.

Me desterré solita al resto de la casa para evitar mi muerte rodeada de cucarachas. No, ellas no me llevarán a la tumba, no. Entonces comenzaron a salir. Bueno, tampoco es que aquello era una marcha alada, un cucarachero, solamente salieron dos…. a paso lento, dando tumbos mientras yo gritaba como una desquiciada y le pedía ayuda a cualquiera de la tribu que vive en esta casa. Par de horas después aparecieron unas pequeñitas que me hicieron recordar las palabras del fumigador, un mental picture fatal.

Esta mañana, al amanecer de Dios y mientras mi hijo Antonio desayunaba, apareció otra. Les juro que medía un pie de largo por unas cuantas pulgadas de ancho. Mi grito a las seis de la mañana fue digno de cualquier interpretación del himno nacional. Antonio, que seguía comiendo pancakes como si nada, tuvo la desfachatez de llamarme ridícula mientras aquel aparato se desplazaba leeeeeentoooo por el piso de la cocina. En un acto de valor inimaginado, agarré la escoba y le entré a cantazos mientras mi hijo se ahogaba de la risa, no porque le estaba dando, sino porque con cada sopetón decía “ayúdame Señor”, “apiádate de nosotros Padre”. Finalmente el animal se escapaba por los flecos de la escoba y en un gesto heróico agarré una de las tennis de Antonio – que son un yabucán que pesa como tres libras – y se lo tiré encima. Obviamente no levanté el zapato para nada, ahí quedó para cuando mi marido – que estaba arriba durmiendo a pata suelta víctima de una terrible monta – se levantara.

La experiencia me ha dejado marcada. Miro por todas las esquinas, como presagiando que alguna aparecerá, pero nada. Ya el veneno hizo su efecto. Entonces pienso en las otras cucarachas, las que son grandísimas, las que tienen dos patas, las que se arrastran por la vida haciendo daño, las que van infectando nuestros días con malos deseos, con calumnias, con mentiras, con envidia…. Sí, esas cucarachas que van vestidas de diseñador, con actitud de que se comen a las cucarachas más chiquitas sin que el veneno les carcoma por dentro. Pensándolo bien creo que esos insectos que me causan pavor tienen una razón de ser, recordarme a los verdaderos insectos que me encuentro por ahí, llevando una media sonrisa, pimpoletes de vanidad, con el corazón podrido en, en, en, en inmundicia, carajo, en inmundicia.

Una pena que no me haya percatado antes para pedirle al señor fumigador que me dejara un litro de veneno. A esas y esos sí que me enfrentaría para rociarlos (como soy chic, vertiría el venenito en un atomizador muy mono, muy fino ) y a esas y esos sí que esperaría sentada, tomándome un café y comiéndome una donita, para presenciar ese momento en que la pócima haga su efecto, les obligue a caminar de lado, lento, lento, lento, hasta caer en el suelo víctima de ellos y ellas mismas. Hundidos en su maldad, sumergidos como el Titanic.

Porque siempre en nuestras vidas existe una de esas CUCARACHAS.

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