La mujer que me devuelve el espejo

Me gusta la mujer que me devuelve el espejo. Miro detenidamente, y más que mirar observo. El tiempo me ha enseñado que hay que tragarse la vida con la mirada, que a veces vamos tan rápido que nos perdemos el verdadero espectáculo porque simple y sencillamente no vemos. No vemos y no nos detenemos.

Tengo los pies finitos, creo que es lo único que tengo flaco. Bueno, no, las piernas también las tengo delgadas y hasta un tanto viradas. Pero qué bien me han llevado! He caminado por toda clase de suelos, los reales y los emocionales, sostenida en estos dos palitos y en estos pies que siempre han llevado las uñas pintorreteadas. Ah, sí, claro que sí, porque esa extremidad que te mantiene erguida debe ir siempre muy bien cuidada. He bailoteado como desquiciada, desde jovencita, con gozo, como si fuera el último día, por si acaso.

Los muslos se van pintando. Por algunos recovecos se asoman ramilletes de venitas. No me asustan, al contrario, me gusta saber que llevo la sangre a flor de piel. Más me asustan las jeringuillas esas con las que te las chupan, eso sí me da miedo. Por eso voy con mis arruguitas, sin recortadas y sin Bottox.

Subo la mirada y el chicholete del torso resulta inevitable. No lo tengo de pura gracia sino, como siempre digo, porque he comido y he bebido. Mi mesa siempre ha sido abundante, opípara en comida, en sentimientos, llantos y risas.

Es más fácil compartir a boca llena los cuentos que nos presenta la vida, y también las visicitudes y los llantos.

Ese vientre escondido por el chicholete ha sido bendecido. Harto bendecido. Cuatro seres se formaron allá adentro, en el tuétano de mi cuerpo. Cuatro seres dependieron de mi durante meses para nutrirse, para sentirse necesarios, amados, importantes. Recuerdo cada vez que mi cuerpo se estiró con perfección para darles su espacio y eso trato de hacer hoy, darles el espacio para que puedan ser ellos y no yo. La piel casi se me quebró con mi tercera barriga. Mis hijos varones se acomodaron en un revoltijo y como pudieron hasta que la hora les llegó. Curiosamente no me han quedado estrías, en mi piel no hay recuerdos de cada estirón. Pero en mi mente sí, como en una película, con lujo de detalles, con sonidos, olores, sabores, con imágenes mágicas que me transportan 24 años atrás, 22 años atrás, 15 años atrás. A las madres nada se nos olvida. Se me nubla el corazón de llanto cuando veo a mis hijas y mis hijos convertidos en gente noble, luchadora y con valores. Siento que la misión se va cumpliendo o quizás ya está cumplida.

Entonces veo mis senos, pequeños, caídos, esos pezones que cumplieron su propósito de amamantar en un esfuerzo que todavía recuerdo. Las mujeres somos unas diosas, acunamos, parimos, lactamos y criamos. Tanta responsabilidad por algo será. Ultimamente llevo los senos apretados, embutidos en brassieres con relleno y con una varilla que a veces se asoma y me lastima. Qué pendejas que somos amigas, si tenemos y nos merecemos andar sin opresiones y apretujamientos…

En mi cuello han aparecido lunares. Son pequeñitos y sospecho que corresponden a la edad, así que debo tener cincuenta y cinco regados por ahí. No tengo el cuello largo, tampoco soy toajunta, tengo el espacio perfecto para colgarme todo tipo de gangarrias y guindalejos, porque sí, porque me encanta y que se joda. Es imperativo adornar esa piel que lleva adentro la garganta, y en mi caso una garganta esplayá que emite lo que le venga en gana.

Me miro a la cara y me sonrío. Nunca fui bonita, pero sí algo guapa. Me encantan mis labios gruesos porque son iguales a los de mi mamá y porque se abren en una sonrisa grande, expresiva. Hago muecas con la boca todo el tiempo, soy muecosa porque así es mi vida, como una mueca inmensa que a veces es graciosa y en ocasiones torcida. Soy también de carcajada grande, ahogada, tengo espacio de sobra para la risa y ninguno para pendejadas. Mi nariz ni es ancha ni es finita, pero tiene un sexto sentido que Dios se lo bendiga. El olfato casi nunca me falla. Detecto las falsedades y las hipocrecías y huelo a lo lejos todo lo bueno, lo que vale la pena, lo que quiero tener a mi lado porque no me gusta rodearme de canallas ni de cobardes. Nope, esos a julepear por otros lares.

De tanto mirar se me ha ido extraviando la vista. Hoy mis ojos van en segundo plano, de co-protagonistas de unos espejuelos que quito y pongo todo el tiempo. Me gustan los rojos y los negros. Y compro muchos porque los pierdo, los voy dejando tirados, me les siento encima, son como los paraguas que van atestiguando tu paso por cada esquina. Todo el que me conoce reconoce mi mirada. Me delata en los corajes, en los miedos y hasta en las bicherías.

La sereta abundante y riza con la que nací se ha ido transformando, ya me queda poco pelo y de tanto blower se me ha puesto casi lacio. Dije casi. Tengo canas a tutiplén y me encantaría exhibirlas, pero no van con mi tono de piel que no es negra ni blanca, sino más bien cremita. Las tapo cada tres semanas en un ritual que me tiene harta, harta, harta. Pero es irónico, me harta pintarme pero me encantan mis greñas pintaditas, divinas. Así somos. Ya me llegará la hora de andar salpimentada.

Entonces me miro por dentro, me detengo a observar esos recovecos que se nos olvidan, los que están ahí, presentes, combativos, escondidos, pero que son los que nos llevan, los que dictan. Tengo un buen corazón, honesto, amoroso. Soy de latido fuerte y sincero. Y tengo cerebro, un buen cerebro que va sin prisa, que detecta, examina y echa mano de la sabiduría en un intento por triunfar y no errar. La mente la llevo despierta, la conciencia feliz y tranquila, los principios – que sin duda ocupan un espacio dentro del cuerpo aunque sea imaginario – los llevo en su sitio. Estiro el brazo, doblo el codo, alcanzo con la mano mi espalda y me doy un par de palmadas. Me siento plena, satisfecha, espléndida. Siempre queda espacio para crecer, para aprender, pero por el momento me encuentro bien, muy bien. Soy una mujer solidaria, valiente, lanzada, y para lo que me falta vivir estoy lista, confiada y preparada.

Ya les digo, a mis 55 me gusta la mujer que me devuelve el espejo. Y no… no soy la mujer que otras mujeres quieren ser. Soy la mujer que miles de mujeres son.

 

Copyright / Uka Green/ 2016

13 comentarios en “La mujer que me devuelve el espejo

  1. Me emociona leer tus escritos, te lo he dicho antes, porque con 11 años mayor que tú puedo identificar plenamente mis sentires, mas no mi color de piel, ja! Eres genial. Si tuviera la plata para traerte de invitada a Omaha, te pondrīa frente a mi grupo de mujeres latinas para que te escucharan. Necesitan una dosis que salga de otra fuente, llevo 10 años tratando de ayudarlas educándolas sobre el buen vivir, aún con limitaciones, heridas y otros equipajes. Que Dios te siga bendiciendo.

    • Gracias Antonia, me emocionan tus palabras. Quizás puedas recomendar mi libro, Uka Green Cuarentaytantos, que está en Amazon tanto en impreso como en digital. Creo que las lecturas le vendrían bien a tu grupo de mujeres latinas, tanto para reir como para llorar. Aquí estaremos conectadas. Abrazo

      • Me encanta la recomendación. Ordenaré varios para sortearlos posiblemente en nuestra próxima reunión el 10 de febrero; estaremos celebrando el Mes del Corazón, así que me parece excelente idea.
        Por favor, no dejes de alumbrarnos con tu luz.
        Un fuerte abrazo.

  2. Me encantan tus escritos, en este me identifique con los dichosos espejuelos.Cuantas veces he estado buscandolos como una loca para encontrarlos encima de mi cabeza! Pero nada, es parte de este relajo que se llama vida!

  3. Me fascinan tus escritos…..muchas nos identificamos tanto….wow…cierto, con tu libro he reido y llorado…DTB…
    Como madres de gemelos, al igual q tu q mucho disfruto sus occurrencias,pero me quito el sombrero tienes 2 más….
    Un fuerte abrazo y seguimos disfrutando nuestro paso X la vida….

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