La doble vara

Intento explicarle a mi hija la norma terrible del doble estándar  para las mujeres, o sea, la regla cruel, injusta y hasta despiadada que dicta que a pesar de jodernos igual o más que ellos, se nos mide diferente. A nuestras hijas le hablamos claro, clarísimo. No es necesario que aparezca cualquier pellizca ‘e tranca de la calle a babotearlas. Su papá y yo nos hemos convertido en un centro de información, en una biblioteca con patas disponible a tiempo completo para cualquier dato o explicación.

Me aterra la edad que atraviesan mis hijas. Son dos mujeres. Mujeres bonitas, buenas, inteligentes y decentes, que se mueven en un mundo de gente ni tan bonita, ni tan buena, ni tan inteligente o decente. Mi experiencia en la calle me inyecta una sobredosis de malicia. Veo a a muchos chicos tan clean, tan de colegio, tan guapos, tan de buena familia, estrellarse y desquiciarse a escondidas, tras su apariencia de nene que no rompe una silla. Veo a otros tan de la calle, tan acicalaos, tan perfuma’os, seguir con la vista a su presa para atacarla con su malicia.

Me muero de sólo imaginar que uno de esos bonitillos supuestamente bien criados se pase de listo con ellas. Me muero de sólo imaginar que uno de esos acicalaos, con las cejas mejor sacadas y delineadas que las mías, las seduzca llamándolas bebé o cualquier otra idiotez.

Soy consciente de que van creciendo y tejiendo sus vidas. Pero para eso estoy yo, y está mi marido, para caminar al lado, calladitos los dos, por si sacan un brazo buscando información. Supongo que en ese último esfuerzo por obtener oxígeno puede estar también la llave de su salvación.

Retomando la conversación que les contaba, intentaba establecerle a una de mis hijas, para que esté siempre muy pero que muy muy clara, que una vez en la historia de la vida a alguien se le ocurrió la solemne estupidez de comenzar a juzgar hombres y mujeres con distinta vara. O sea, hija mía, le comenté mientras muy atentamente me miraba, que a la hora de joderse siempre serás igual, pero a la hora de la verdad siempre serás distinta. Esa es la regla, la norma, hija mía, pero no es lo que se enseña y se sigue en esta casa. Y respiró.

Si por haberte dado la gana te has besado con varios chicos en tu vida (cosa de la que, aunque te quiero y te adoro, no me quiero ni enterar) , entonces eres una putilla. Pero los de tu edad que van como el cabro de Minga, de cama en cama, son unos machos de verdad. Pues no, en esta casa no es que sean machos de verdad, son focos de enfermedad, toros con hormonas revueltas, y tontos que ya mismito uno de estos días, al mirar atrás y recordar con quién retozaron, hasta vomitarán.

Si te has fajado como una campeona en tu entorno laboral y logras ser exitosa y evolucionar entonces serás siempre una bicha. Pero tus compañeros varones que actúen igual serán los macaracachimbas, los monstruos de la película. Pues no, en esta casa no serán los monstruos. No les quitaremos el mérito no, pero tú lo tendrás igual: mostra!

Cuando te cases hijita mía, casi todo el mundo se sonreirá y te dirá con alegría que qué bueno es tu esposo que te ayuda en todo. Pero no importa cuánto te fajes en el trabajo, en la casa y en el multitasking siempre serás la afortunada de tener un marido que la quiere ayudar. Pues no, en esta casa no tendrás ningún marido que te ayuda, tendrás un esposo que simple y sencillamente cumple con su parte de responsabilidad.

Si te das un par de traguitos, cosa que a mi no me gusta, serás una borracha. Pero si ellos se los dan entonces son los más cool, los guerreros del estrés. Pues no, en esta casa tan borracho es uno como el otro, que hoy en día beber no es cosa de juego sino de jugarse la vida misma. Y perder la vida a costa de beber no tiene excepción, ni con hembras ni con varones. Que si, que si, que sé que ustedes lo van a hacer, pero con precaución hija querida, con extrema precaución.

Cuando te pongas una faldita super corta o un mahón bien apretao serás un corbejete. Y no importa cuán ahorcados lleven ellos los huevos, nadie se atreverá a decírselo y mucho menos a mirarlo. Pues no, en esta casa pam pam a los dos, a ti por mostrar lo que no se debe y a ellos por llevar con orgullo el asfixiado huevete. Y como entren así, se los digo sin problema alguno.

Si cuando ves a tus amiguetes los abrazas y los besas eres una sobrá. Pero si ellos lo hacen entonces se dice “ay que encantador ese nene, tan cariñoso”. Pues no, aquí usted besa y abraza al que quiere y de corazón, punto y se acabó, que para guerras y odios ya hay mucho allá afuera. Tiene razón Walter Mercado cuando dice, y reciban de mi mucha paz y mucho a m o r r r r r.

¿Mama pero cómo brego con todo eso? Pues fácil no es hija mía. Por eso es que tenemos los ovarios, que son unos órganos del tamaño de los testículos pero tan y tan poderosos que hasta acunan la vida. Mandas el doble estándar al carajo y vas toreando tu vida día a día. Y aprendes a poner en práctica la solidaridad, a no juzgar a las demás mujeres con esa vara que ya está ahí, como espetada, y que nos va tomando tiempo a todas nosotras sacar. Y te miras al espejo y dices como la cantante española Bebe, “Hoy vas a ser la mujer que te de la gana de ser…. hoy vas a descubrir que el mundo es sólo es para ti, que nadie puede hacerte daño nadie puede hacerte daño…”.

En tu vara, si es que la tienes, debe haber únicamente una medida, la de los seres querida, la de los seres.

DERECHOS RESERVADOS / UKA GREEN 2009

2 comentarios en “La doble vara

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