Por una cerveza…

Si fuera por los anormales de ese país cuyo nombre suena a flor deprimida, de mí no quedaría ni la u, ni la k y mucho menos la a. Estaría bajo tierra, con los gusanos devorándose lo que a fuerza de tanto potingue caro he cuidado. Digo, si es que me hubiera quedado algo de cuerpo después de la tortura de esos desquiciados.

Ayer apareció publicada, en letras pequeñitas como quien no quiere llamar la atención, la noticia de que en ese país que no pienso pisar jamás, azotarán a una mujer por beber cerveza, porque las mentes retrógradas y maquiavélicas dictaminan que una mujer no puede beber.

Quiero imaginarme que esa o esas cervezas que tomó esa mujer estaban friítas, sabrosas, y que las bajó por su garganta con placer, aplacando el fastidioso calor que seguramente azota y castiga las tardes de ese país. Quiero pensar que la disfrutó, que al tomarla en contra de esa ley se sintió realizada, poderosa, fuerte, única. Que violar esas reglas viejoletas, obsoletas y todo lo que termine en etas  le dio una sensación de triunfo que siempre siempre siempre atesorará en lo que le quede de vida… porque quiero pensar que le va a quedar vida.

Intento imaginarla con las dos manos agarradas a la lata o a la botella, acariciándola, regodeándose en cada uno de los detalles de la etiqueta, mirándola con el deseo del que desea algo y lo va a tener. Intento imaginar su rostro con todas sus facciones en complicidad con la rebeldía de su alma y la libertad de su corazón.

Maldigo las manos que azotarán esa mujer, las maldigo con toda la fuerza de mi corazón de mujer. Maldigo esas reglas. Maldigo el abuso. Maldigo el yugo. Maldigo la ignorancia. Maldigo a todos los que en este asunto tengan que ver. Ni siquiera sé con qué aparato se azota a un ser humano. Y no quiero saber. Pero lo maldigomaldigomaldigo también.

Bendigo a esa mujer. Bendigo cada pulgada de su cuerpo, de su espacio. Bendigo su mente, su corazón, su espíritu. Bendigo su fortaleza. Bendigo su vida, sus hijos, su familia, sus sueños, su ilusión, su rebeldía. La bendigo a ella y a todas las mujeres del mundo que son cada día víctimas de represión. Que no sólo con varas se azota….

Y pienso en nosotras, las que somos iguales pero vivimos al otro lado. Las que escogemos, compramos y disfrutamos la cerveza que nos de la gana, el ron que nos de la gana, el vino que nos de la gana, el vodka que nos de la gana, el whiskey que nos de la gana y, a fin de cuentas, la puta bebida que nos de la gana. Nosotras, las que seríamos azotadas hasta destilar de nuestros cuerpos la última gotita de líquido ilegal y escondidamente ingerido. Nosotras, las que ante esta soberana putada queremos hacerlo todo y no podemos hacer nada.

Bendigo a esa mujer. Su castigo también es mi castigo. Yo también me siento azotada.

(Semanas después de escribir esta columna, apareció publicada, igual de chiquitita, la noticia de la posposición del castigo, indefinidamente. Sólo ruego a Dios que el indefinidamente sea para siempre.)

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