Ojalá

“Fui a entregar unos papeles y me pasaron por el lado un viejito y una viejita como de 80 años. sus cabellos eran plateados. iban tomados de la mano, caminando sin prisa, comiendo cada uno un helado de barquilla. Parecían dos niños. El paró para acomodarle el dulce que a ella se le estaba virando, luego volvió a tomarle la mano con tanta ternura para ayudarla a cruzar la calle. Intenté tomarle una foto pero me quedé sin memoria (la compra). Cuando volví a mirar ellos se estaban mirando con amor, con ese amor del que sólo es testigo los años. Lloré…Así me visualizaba yo amando”.

Este es el texto íntegro que recibí el jueves. Me lo envió mi amiga Janet, una mujer guapísima, de cabellos negros y piel acaramelada que se divorció recientemente y que va viviendo con aplomo y esperanza una nueva vida sin ese ser que la frenaba de ser la mujer y profesional maravillosa que es. Me quedé petrificada leyendo. Recibí el texto justo al llegar a un estacionamiento así que me quedé en la guagua leyendo, en silencio, pensando en tantas amigas que, como ella, han visto en otros el amor que quisieron y quieren tener.

La llamé de inmediato. “Me permites utilizar este texto para escribir una columna”. “Claro! me contestó contándome nuevamente esa escena de amor del bueno, de amor de película, de amor del que todas queremos y merecemos.

Quizás sea que somos idiotas, que somos tontas como los personajes de las telenovelas rosa. Cuando nos pica el amor se nos enciende un sentimiento para toda la vida, sin ese sello feo y complicado que dicta en un producto la fecha de caducidad. Nos visualizamos de viejitas, agarradas de la mano con ese ser que nos acompaña toda la vida. Así se veían viviendo, amando, vamos, que la película hasta nos incluye muriendo juntitos. Pero no.

En el camino se atraviesan espinas de esas filosas y flacas que uno va esquivando pero que en el mínimo descuido te rasgan, te clavan, te laceran con una herida que no sana. Estas mujeres – y hablo de las que conozco personalmente, de esas que han llorado en mi hombro – han salido disparadas de sus relaciones de una manera escabrosa y les cuesta sacudirse del cuerpo las penas, las lloradas y, para colmo, el sentimiento. Sí, porque la capacidad de amar es tan grande y estaba tan afianzada que el amor no se les va en el momento sino después de años de recuperación.

Yo simplemente no entiendo. Soy bastante morona para estas cosas. Se supone que dos personas que se amaron, que compartieron sus días, que se lanzaron en aventuras, que se agarraron en sus pesares, que compartieron sus miedos, terminen bien, no mal. Pero no es así, la mayoría de las separaciones ocurren en medio de una batalla campal en la que casi se tiran de los pelos, en la que de repente son dos desconocidos, en las que en la memoria esos recuerdos lindos se fueron directito al carajo con pasaje de ida y sin boleto de regreso.

Me imagino a mi amiga mirando a esos dos viejitos. Casi puedo verla con la lagrimita asomada, con el corazón temblando, saboreando ese momento de complicidad que merece y no tiene. La  supongo calmada, analizando, decretando dentro de sí que tiene derecho a un amor igual, a disfrutar de la barquilla, del toque de la mano que le limpia la gotita de helado que se derrama, de ese calorcito que se siente cuando te toman de la mano para cruzar.

Ojalá que le llegue, a ella y a todas. Ojalá.

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