El hot flash

Me detuve bruscamente. Agarré mi cuerpo como pude de la baranda plateada del armatoste de carro que inevitablemente voy paseando y llenando por ese almacén de comestibles semanalmente. Miré hacia todos lados. No había nadie. Y dije: “Carajo, un hot flash”.
Sudé como perra, como el queso muenster cuando se deja fuera de la nevera. ¿Por qué estaré siempre pensando en comida? Pero bueno, cada cual suda como lo que es, ¿no? Cosa extraña, porque yo nunca sudo. Se los juro, nunca. Mentira, he sudado tres veces, las veces que he parido. Por lo demás nada. Puedo torturarme una hora entera bamboleándome con ejercicios y lo único que se me asoma es un color rojo tomate que se me queda hasta una hora después. Por sudor lo que boto es un rocío, un amago, un quise sudar pero no sudé. Quizás por eso estoy tan gorda, porque la gente que suda baja de peso en un dos por tres.
Intenté recordar si afuera de ese monumental almacén existía un día de sol crujiente, espeluznante, que calentara las planchas de no se qué material blancuzco con el que forran el techo. Sí, eso debe ser. El sol calienta las planchas y esto se pone como un horno. Continué abrazando esa absurda explicación y caminando entre las góndolas con vasos, licuadoras, velas, sartenes, ollas y bandejas que siempre miro aunque no necesito. Era muy temprano en la mañana como para que hubiera tapón en los pasillos.
Continué mi expedición, vi un señor, lo miré fijamente, como en cámara lenta… él con el carrito por un lado… yo con el mío por el otro. Era feo. Pero lo hice feliz. Puso cara de “wepaaa, estoy bien bueno, sopla mamota la pelota….” No sudaba.
Esquivé las plantas eléctricas, las mangueras de presión y las baterías y enfilé hacia los licores y los vinos.
“Uff, un vinito me daría yo ahora mismo, a ver si un poco de alcohol aplaca esta quemazón. ¡Uy, fó!, pero a esta hora es muy temprano. Déjame agarrar un par de botellitas de Malbec, un Chirazito y un Tempranillo pa’l weekend. Santo Cristo y el fogón no se apaga”.
Sentía un bigote de gotas que se resbalaban hasta los labios. “¡Me cago en diez!, No tengo pañuelo. Le haré un boquete con el dedo al primer paquete de papel toalla que se me atraviese en frente. ¿Y si hay cámaras? Qué vergüenza no, a ver, déjame pasarme el revés de la mano disimuladamente”.
“Coño, me muero, pero es que me suda hasta la verija, los folículos del pelo, las pestañas, las cejas, el trasero de la rodilla… ¿qué es esto? ¿Será lo que me cuentan mis amigas? ¿Estaré menopáusica? Mierda frita, yo que me creo la más jovencita, Little Mermaid, Alicia en el país de las maravillas, princesa de la salsa, la reina del reggaetón. “No puede ser”, pensé.
En eso me pasan por el lado un par de jovencitas… lindas, frescas, olorositas. Me miran de reojo, parece que notan mi rostro lleno de sudor. “Cabronas, ríanse ahora por dentro que en unos años llorarán por fuera como Magdalena. Déjame refugiarme en las galletas, qué ricas, esas de mantequilla son mis favoritas, pero no no no… “, les saco el cuerpo y escapo. Pacatán, me topo de frente con el triple chocolate cake que en mi casa sobrevive con suerte un par de días. Es cremoso, anchote, embarradísimo. La mente corre el video, “mmmmm, una tajada, treinta segundos caliente, con una pelota de helado de vainilla derritiéndosele encima lentamente. ¡¡Carajo!!! ¡Qué cerda soy! ¿Las cerdas sudan?”
Le paso por al lado a otro señor. ¡¡¡¡Está sudado!!!!!! Y por dentro canto, “Who let the dogs out, huh, huh, huh, huh, huh…”. La vida me sonríe, pero el calor no se pone en off. Empujo el carro rápidamente, casi como un skate board; voy escuchando en mis oídos una musiquita secreta, ahhhhh ahhhhh ahhhhh, y llego donde quiero llegar. A la nevera.
Antes le sacaba el cuerpo, me envolvía como un pastel en el abrigo más gordo que tuviera y entraba corriendo para en un dos por tres agarrar los pimientos, las lechugas, las zanahorias y lo que fuera.
Ahora es diferente. “Ahhhhh, ahhh, ahhhh”, me convierto en vegetal. Por lo menos tengo el apellido: Verde. Encajo el carro justo en el medio, en el recuadro de la entrada, y me planto en el spot del viento frío, el soplón, el abanico ese que te congela hasta la emoción de amar y ser amada. Se me escapa un “ahhhh” casi orgásmico, la gente me mira, el pelo se me revuelca. Me estaciono en ese oasis por un rato. Cargo energías.
“¿Pero qué jodienda es esta?”, pregunto en mis adentros. Yo, la más friolenta, la que en verano duerme con sábana, frisa y edredón, estoqueada en la rejilla del aire acondicionado de esa nevera gigantesca en la que mueren congelados toda clase de gérmenes. Como en el hospital.
Tengo ganas de agarrarme a esa rejilla, que nadie me pueda despegar. Le clavaría los tucos de uñas que me quedan con tal de que nadie interrumpa este placer celestial, esta lluvia de aire frío que me devuelve a la vida. “¿Será la cabrona menopausia? No sé. No sé y no quiero saber”.
No queda más remedio que despegarme. Tengo que continuar. Quiero despedirme de la rejilla del aire hasta con besos, pero no me atrevo. Retiro el carro. Voy en reversa para poder dar la vuelta. Me viro y quedo estupefacta. Detrás de mi hay en fila varias mujeres. Me doy cuenta que no estoy sola en la vida. Ellas también están sudadas.
©COPYRIGHT UKA GREEN 2009 (Publicada en el libro Uka Green Cuarentaytantos, 2010)

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