Próstata

Siento fascinación por los exámenes de próstata. Ya se los conté una vez en una columnita. Y lo repito. Hoy me topé con un buen amigo y luego de los saludos de rigor, con cara de víctima y apenadísimo, me dijo que estaba llegando precisamente de uno de esos chequeos que les sacude de terror desde el más raquítico de los pelos hasta el dedo más pequeñito del pie.
Me lo dijo con cara de angustia, en busca de solidaridad, como para que yo sintiera pena de esos minutos de tacto rectal. “Pues aquí llegando”, me dijo, “del urólogo, ya sabes, del chequeo anual de la próstata”. Me pareció verle una lagrimita casi colgando. Nariz respingada, ceño arrugado, en fin, una cara de pena penita pena. Quiere llorar, quiere llorar, quiere llorar. Seguramente esperaba que le dijera “pero nene, por qué no te quedaste en tu casa, descansando”.
Ah no, no, no y no. Y mucho menos yo, que con tres embarazos, incluido uno doble, he sabido aguantarme abierta como un sapo ante el doctor para esos chequeos inmisericordes con gel frío y mano. Y luego de los embarazos ni se diga, esa visita al ginecólogo, ese enfrentamiento con el jodido espéculo, ese gigantesco Q tip, ese cortesito para el PAP que te deja enconada hasta la vida me ha revestido de hierro ante los hombres.
“Pues qué bueno que llegas, hay mucho trabajo”, le zampé a boca de jarro. “Y conmigo ni te atrevas, ni te atrevas a quejarte”.
No le dije nada más porque tampoco era para avergonzarle y vamos, la confianza apesta. Pero por dentro, bien en mis adentros, el encuentro me recordó que esos exámenes son fantásticos, que se merecen eso y mucho más en venganza por la recua de experiencias del tercer, cuarto y quinto tipo que tenemos que vivir las mujeres. Oh si. Nos colocamos boca arriba en una camilla, con las nalgas al borde de la mesa (a las que quepan, las otras nos desbordamos), las rodillas hacia arriba y los pies espatarraos para exponer la pelvis así como se exhibe el mejor de los cuadros.
Entonces, y esto se los he contado antes, nos insertan el espéculo, ese aparato abominable que permite revisar el tejido vaginal y el cuello interino. Incomodito, ah? Y ni hablar de los dedos enguatados que entran en el más privado de nuestros recovecos, que en ese caso pierde todo lo privado, para presionar el abdomen, palpar el útero y los ovarios. Me cago en diez! Entonces nos alumbran, sí, ajá, con una luz, para rebuscar cualquier anormalidad allá adentro y entonces, como broche de oro, como la gota que colma la copa, meten el hisopo (palabra chusi para el inmenso palo de punta algodonada) para raspar y tomar una muestra que determinará si hay alguna condición en particular. Okey, respiren. Inhalen, exhalen. Pero ustedes saben que así mismo es.
Por eso hice mutis. Chitón. Caput. Del maíz de mis bondades ni un grano. Al contrario, mientras caminaba sentí una gotita de sangre resbalando por la comisura de mis labios. Imaginaba la espera de esos hombres en la oficina del urólogo, tiesos, culitrincos. Después ese momento glorioso en el que el doctor se coloca el guante embarrado de gel para introducirles el dedo por el recto y palpar cualquier abultamiento o área firme que haya que rechequear.
Me los imagino sudando a borbotones, rogándole en silencio y ojos cerrados a todos los santos que esos minutos pasen rápido, arrepintiéndose de todos sus pecados, los cometidos y los por cometer.
Que inhalen y exhalen ellos también. Que inhalen y exhalen.
UKA GREEN CINCUENTAYTANTOS/ COPYRIGHT 2016

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