Próstata

Siento fascinación por los exámenes de próstata. Ya se los conté una vez en una columnita. Y lo repito. Hoy me topé con un buen amigo y luego de los saludos de rigor, con cara de víctima y apenadísimo, me dijo que estaba llegando precisamente de uno de esos chequeos que les sacude de terror desde el más raquítico de los pelos hasta el dedo más pequeñito del pie.
Me lo dijo con cara de angustia, en busca de solidaridad, como para que yo sintiera pena de esos minutos de tacto rectal. “Pues aquí llegando”, me dijo, “del urólogo, ya sabes, del chequeo anual de la próstata”. Me pareció verle una lagrimita casi colgando. Nariz respingada, ceño arrugado, en fin, una cara de pena penita pena. Quiere llorar, quiere llorar, quiere llorar. Seguramente esperaba que le dijera “pero nene, por qué no te quedaste en tu casa, descansando”.
Ah no, no, no y no. Y mucho menos yo, que con tres embarazos, incluido uno doble, he sabido aguantarme abierta como un sapo ante el doctor para esos chequeos inmisericordes con gel frío y mano. Y luego de los embarazos ni se diga, esa visita al ginecólogo, ese enfrentamiento con el jodido espéculo, ese gigantesco Q tip, ese cortesito para el PAP que te deja enconada hasta la vida me ha revestido de hierro ante los hombres.
“Pues qué bueno que llegas, hay mucho trabajo”, le zampé a boca de jarro. “Y conmigo ni te atrevas, ni te atrevas a quejarte”.
No le dije nada más porque tampoco era para avergonzarle y vamos, la confianza apesta. Pero por dentro, bien en mis adentros, el encuentro me recordó que esos exámenes son fantásticos, que se merecen eso y mucho más en venganza por la recua de experiencias del tercer, cuarto y quinto tipo que tenemos que vivir las mujeres. Oh si. Nos colocamos boca arriba en una camilla, con las nalgas al borde de la mesa (a las que quepan, las otras nos desbordamos), las rodillas hacia arriba y los pies espatarraos para exponer la pelvis así como se exhibe el mejor de los cuadros.
Entonces, y esto se los he contado antes, nos insertan el espéculo, ese aparato abominable que permite revisar el tejido vaginal y el cuello interino. Incomodito, ah? Y ni hablar de los dedos enguatados que entran en el más privado de nuestros recovecos, que en ese caso pierde todo lo privado, para presionar el abdomen, palpar el útero y los ovarios. Me cago en diez! Entonces nos alumbran, sí, ajá, con una luz, para rebuscar cualquier anormalidad allá adentro y entonces, como broche de oro, como la gota que colma la copa, meten el hisopo (palabra chusi para el inmenso palo de punta algodonada) para raspar y tomar una muestra que determinará si hay alguna condición en particular. Okey, respiren. Inhalen, exhalen. Pero ustedes saben que así mismo es.
Por eso hice mutis. Chitón. Caput. Del maíz de mis bondades ni un grano. Al contrario, mientras caminaba sentí una gotita de sangre resbalando por la comisura de mis labios. Imaginaba la espera de esos hombres en la oficina del urólogo, tiesos, culitrincos. Después ese momento glorioso en el que el doctor se coloca el guante embarrado de gel para introducirles el dedo por el recto y palpar cualquier abultamiento o área firme que haya que rechequear.
Me los imagino sudando a borbotones, rogándole en silencio y ojos cerrados a todos los santos que esos minutos pasen rápido, arrepintiéndose de todos sus pecados, los cometidos y los por cometer.
Que inhalen y exhalen ellos también. Que inhalen y exhalen.
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Má, hablemos de sexo

Má, hablemos de sexo

“Má, hablemos de sexo”, me dijo uno de mis hijos en el camino a casa de regreso del colegio. Yo por poco le espeto los dientes al guía. En realidad por poco me lo como. Eso de hablar de sexo con mis hijos se me hace difícil. Si, ya sé, es necesario. Pero vamos, que se me hace difícil y seguramente no seré la única madre que se sienta igual. Siempre los veré como mis bebés, quiero que lo que salga de su boquita santa sea gu gu, ga ga, y yo responderles pochito lindo de mami y esos balbuceos típicos de cuando son chicos.

Pero bueno, que mis hijos ya se van haciendo grandes, tan grandes que hablan esplayaos, sin tabús, sin miedos. En este camino del crecimiento me asombra que hayan perdido el nombre. Si señores, lo perdieron y me enteré cuando invitaron a un grupo de amigos a  la casa para un torneo de Playstation. Resulta que ahora todos se llaman Cabrón. Cabrón pa’ quí, Cabrón pa’ llá…. carajo, con unos nombres tan lindos que les enganchamos de nacimiento.

Con las nenas todo fue un poco más fácil, o mejor dicho, un poco más llevadero. Dije un poco. A las niñas uno le habla en diminutivo o en nombrecitos inventados de manera que suenen graciositos. La toti, el totito…. Como si fueran tontitas. A mi un día Antonella me paró de sopetón el hablarcito. “Mami, no es toti, es vulva, entiendes? es vulva”.

Pues regresando a ese momento en que mis hijos querían hablar de sexo, les confieso que en mis oídos cincuentones la palabra resonó como un eco lejano…. sexo….. exo…. exo….xo….. interrumpido por las preguntas incisivas de esos dos varones que parí a mis cuarenta años, y que ahora a mis cincuenta y tres me obligan a pintarme casi semanalmente el pelo para moverme con algo de dignidad entre las madres de octavo.

Lo cierto es que yo venía hablándoles de los embarazos en adolescentes, de lo que pueden ocasionar en sus vidas, de cómo pueden interrumpir sus estudios, sus planes, de cómo algunas jovencitas y jovencitos salen airosos pero la mayoría tiene que enfrentarse a lo que significa perder sus años de juventud para asumir una responsabilidad a destiempo. Luego del discursito fue que me dispararon el “Má, hablemos de sexo”.

“Bueno”, dije carraspeando la garganta, “como les iba diciendo, esos embarazos ocurren porque los jóvenes tienen sexo antes de tiempo cuando en realidad hay un momento para todo en la vida…”.

“O sea”, me dijo uno de ellos, “que no usaron protección”.

“Exactamente”, les respondí, “no utilizaron profiláctico”.

“Má”, me dijo el otro, “no seas tan complicada y tan fina, se dice condón, entendiste? se dice condón”.

Condón… condón… dón… dón…. resonaba el eco en mis oídos, en mi mente, en mi espíritu.

“Má, tu sabes lo que es un condón? Es para recoger el esperma, para impedir que tu sabes, tu sabes má, que el esperma…. má, es que me da pena hablarte como nosotros hablamos”.

No sé por qué me vino a la mente aquella frase memorable de la telenovela Betty La Fea: El diablo es puerco.

(Esta columna continuará… continuará…. inuará…á…)

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Tengo un novio jovencito

Me lo dijo susurrando: “Tengo un novio jovencito”. Y yo, que con tanto escuchar cosas en la vida me voy quedando medio sorda, le espeté con el volumen de mi santa bocota a tó jender: “¿quéeeeeee?”.  Mi amiga se asustó. Pensó que me burlaría, que me reiría y que le colgaría un letrero de ridícula. Pero qué va… qué va.

Me parece maravilloso, es más, todo un regalo del cielo, que esta amiga y otras cuantas amigas más que han sobrevivido desastrosos desencuentros, se hayan enganchado a media vida con un joven espectacular que las hace temblar como gelatina. ¡Ah no! ¿Y qué se supone que hagan estas hembras monumentales? ¿Empatarse con un viejo de capa caída? ¿Con un señor de orejas flácidas y deprimidas? ¿Con un paciente de próstata? Pero hellooooo, claro que NO. NO, NO y NO.

Ellas se merecen una nueva brisa que las despeine y las deje con los pelos de punta… ¡todos los pelos! ¡La cana incluida! Así que a ellas, cuando vienen a contarme los inicios de ese romance, les digo como los Del Río: “Dále a tu cuerpo alegría, Macarena”.

Pero vamos a ver, que si vas en el avión del destino y te ofrecen chicken or pasta, agarra el pollo mujer, no seas pendeja, que pasta siempre habrá después. ¿Y si la frase es chicken or meat? Pues métete la carne nena, aunque seas vegetariana y termines envenenada en el hospital… que no es lo mismo envenenarse por un brócoli que por un sabroso trozo de carne USDA Choice y Angus Beef.

¡Qué se joda! ¿No es así como los hombres, en el ocaso de sus días, van caminando por ahí con sus pollitas? Pues la mujer tiene derecho también de caminar por la calle embracetá con un magnífico ejemplar veinte años menor, sin barriga, sin estrías, sin pellejos, sin canitas, sin el bamboleo entre el huevo y el cerebro. Ande usted por el supermercado de la carne y seleccione el corte que le apetezca comer. Y buen provecho, coño.

Tengo varias amigas rejuvenecidas por las peripecias de un nuevo amor. Parecen salidas de un garaje luego de un cambio de aceite y filtro, alineamiento y tune up. Su culete celebra el regreso del contoneo, el cabello escapa de la muerte con el blowetazo semanal. Corren al closet y hacen resaque, botan las viejeras, dinosaurios, fósiles, para emprender expedición en busca de nuevos trapos y gangarrias que las hagan lucir regias, trastornadas. Nuevamente se trepan en las tacas, rebuscan en la maleta hasta encontrar el lápiz labial rojo pasión, se perfuman todavía mojadas para preservar el olor que enloquecerá a ese hombre de cuerpo joven, valiente y atrevido. Parece que se hicieron un face lift, pero el lift fue de cuerpo entero.

Imaginariamente llevan una cinta. Unas leen Miss Felicidad y Risas Adyacentes. Otras Miss Muérete de la Envidia, Miss Que Se Joda, Miss. Carajo Qué Bueno Es Esto, Miss Haberlo Sabido Antes y Miss A Toda Hora Tengo Sexo. Llevan dibujada en la cara una de esas sonrisitas maliciosas y pícaras mientras caminan como una Miss Universo justo al instante de ganar. Sólo les falta mover la manita.

Llegan tarde a los almuerzos, entran casi sudando, apresuradas.

– Ay perdónenme, es que no he dormido nada.

Y el resto de mujeres que ocupamos la dichosa mesa pensando “coño, y yo jodida durmiendo tanto que ya parezco La Bella Durmiente”.

Y se montan en motoras aunque el fastidioso sillín les abra hasta la última de las neuronas. Y se espetan de lo más contentitas la silla de la bicicleta en la que ponen el culo sabrá Dios cuántos años después. Y se trepan en esquís acuáticos aunque las piernas les tiemblen. Y ven otra vez películas de miedo, gritan en conciertos de rockeros, le dan hasta abajo con el sonsonete de los reggaetoneros. Y sueñan a toda velocidad para que el siguiente día llegue bien rápido. Y echan a la basura los recuerdos, aquellos tiempos que muertas en vida vivieron.

Y cambian. De Minivan a Corveta. De mumu a baby doll. De pantaleta a g string. Se hacen highlights en vez de pintarse el pelo. Ponen color en sus garras. Se liman la uñita más chica. Y no sienten ni un hot flash, sino el flash del hot que las estremece a cualquier hora, en cualquier momento.

Ya les dije y les repito, ese enamoramiento es como un spa, spalreencuentroconsuyoenelespejo… “Dále a tu cuerpo alegría Macarena que tu cuerpo es pa’ darle alegría y cosa buena… ¡¡¡ahhhjáaaaa!!!”

El hot flash

Me detuve bruscamente. Agarré mi cuerpo como pude de la baranda plateada del armatoste de carro que inevitablemente voy paseando y llenando por ese almacén de comestibles semanalmente. Miré hacia todos lados. No había nadie. Y dije: “Carajo, un hot flash”.
Sudé como perra, como el queso muenster cuando se deja fuera de la nevera. ¿Por qué estaré siempre pensando en comida? Pero bueno, cada cual suda como lo que es, ¿no? Cosa extraña, porque yo nunca sudo. Se los juro, nunca. Mentira, he sudado tres veces, las veces que he parido. Por lo demás nada. Puedo torturarme una hora entera bamboleándome con ejercicios y lo único que se me asoma es un color rojo tomate que se me queda hasta una hora después. Por sudor lo que boto es un rocío, un amago, un quise sudar pero no sudé. Quizás por eso estoy tan gorda, porque la gente que suda baja de peso en un dos por tres.
Intenté recordar si afuera de ese monumental almacén existía un día de sol crujiente, espeluznante, que calentara las planchas de no se qué material blancuzco con el que forran el techo. Sí, eso debe ser. El sol calienta las planchas y esto se pone como un horno. Continué abrazando esa absurda explicación y caminando entre las góndolas con vasos, licuadoras, velas, sartenes, ollas y bandejas que siempre miro aunque no necesito. Era muy temprano en la mañana como para que hubiera tapón en los pasillos.
Continué mi expedición, vi un señor, lo miré fijamente, como en cámara lenta… él con el carrito por un lado… yo con el mío por el otro. Era feo. Pero lo hice feliz. Puso cara de “wepaaa, estoy bien bueno, sopla mamota la pelota….” No sudaba.
Esquivé las plantas eléctricas, las mangueras de presión y las baterías y enfilé hacia los licores y los vinos.
“Uff, un vinito me daría yo ahora mismo, a ver si un poco de alcohol aplaca esta quemazón. ¡Uy, fó!, pero a esta hora es muy temprano. Déjame agarrar un par de botellitas de Malbec, un Chirazito y un Tempranillo pa’l weekend. Santo Cristo y el fogón no se apaga”.
Sentía un bigote de gotas que se resbalaban hasta los labios. “¡Me cago en diez!, No tengo pañuelo. Le haré un boquete con el dedo al primer paquete de papel toalla que se me atraviese en frente. ¿Y si hay cámaras? Qué vergüenza no, a ver, déjame pasarme el revés de la mano disimuladamente”.
“Coño, me muero, pero es que me suda hasta la verija, los folículos del pelo, las pestañas, las cejas, el trasero de la rodilla… ¿qué es esto? ¿Será lo que me cuentan mis amigas? ¿Estaré menopáusica? Mierda frita, yo que me creo la más jovencita, Little Mermaid, Alicia en el país de las maravillas, princesa de la salsa, la reina del reggaetón. “No puede ser”, pensé.
En eso me pasan por el lado un par de jovencitas… lindas, frescas, olorositas. Me miran de reojo, parece que notan mi rostro lleno de sudor. “Cabronas, ríanse ahora por dentro que en unos años llorarán por fuera como Magdalena. Déjame refugiarme en las galletas, qué ricas, esas de mantequilla son mis favoritas, pero no no no… “, les saco el cuerpo y escapo. Pacatán, me topo de frente con el triple chocolate cake que en mi casa sobrevive con suerte un par de días. Es cremoso, anchote, embarradísimo. La mente corre el video, “mmmmm, una tajada, treinta segundos caliente, con una pelota de helado de vainilla derritiéndosele encima lentamente. ¡¡Carajo!!! ¡Qué cerda soy! ¿Las cerdas sudan?”
Le paso por al lado a otro señor. ¡¡¡¡Está sudado!!!!!! Y por dentro canto, “Who let the dogs out, huh, huh, huh, huh, huh…”. La vida me sonríe, pero el calor no se pone en off. Empujo el carro rápidamente, casi como un skate board; voy escuchando en mis oídos una musiquita secreta, ahhhhh ahhhhh ahhhhh, y llego donde quiero llegar. A la nevera.
Antes le sacaba el cuerpo, me envolvía como un pastel en el abrigo más gordo que tuviera y entraba corriendo para en un dos por tres agarrar los pimientos, las lechugas, las zanahorias y lo que fuera.
Ahora es diferente. “Ahhhhh, ahhh, ahhhh”, me convierto en vegetal. Por lo menos tengo el apellido: Verde. Encajo el carro justo en el medio, en el recuadro de la entrada, y me planto en el spot del viento frío, el soplón, el abanico ese que te congela hasta la emoción de amar y ser amada. Se me escapa un “ahhhh” casi orgásmico, la gente me mira, el pelo se me revuelca. Me estaciono en ese oasis por un rato. Cargo energías.
“¿Pero qué jodienda es esta?”, pregunto en mis adentros. Yo, la más friolenta, la que en verano duerme con sábana, frisa y edredón, estoqueada en la rejilla del aire acondicionado de esa nevera gigantesca en la que mueren congelados toda clase de gérmenes. Como en el hospital.
Tengo ganas de agarrarme a esa rejilla, que nadie me pueda despegar. Le clavaría los tucos de uñas que me quedan con tal de que nadie interrumpa este placer celestial, esta lluvia de aire frío que me devuelve a la vida. “¿Será la cabrona menopausia? No sé. No sé y no quiero saber”.
No queda más remedio que despegarme. Tengo que continuar. Quiero despedirme de la rejilla del aire hasta con besos, pero no me atrevo. Retiro el carro. Voy en reversa para poder dar la vuelta. Me viro y quedo estupefacta. Detrás de mi hay en fila varias mujeres. Me doy cuenta que no estoy sola en la vida. Ellas también están sudadas.
©COPYRIGHT UKA GREEN 2009 (Publicada en el libro Uka Green Cuarentaytantos, 2010)

Me quedo con Statham, fuera Seagal

Soy fan de las películas de acción y no hay una de super héroes que no haya visto. Se los juro. Sospecho que debo ser la única fanática isleña de Jason Statham, un actor británico calvito y menudito él, que se ha arrastrado peleando en varias películas, una de ellas tipo secuela titulada The Transporter, en la que no importa lo estrasija’o que acabe por luchar contra los malos, abre el baúl de su negro e impecable Audi y saca una camisa blanquísima y planchadísima que se engancha quedando como nuevo. Claro, en el gesto se quita la que tiene y muestra ese tórax de six pack.

Pero bueno, que no les voy a hablar de Jason Statham sino de Steven Seagal, un actor estadounidense hoy entrado en la tercera edad (no sé dónde termina la segunda y comienza la tercera) que copó la industria de las películas de acción y artes marciales para allá en los 80’s y en adelante. Aunque nunca me gustó por tieso y boquitrinco, encontré un par de películas en Netflix – Absolution y The Goodman – y las vi.

Una tiene un año y la otra dos, o sea, que la imagen de Seagal es bastante reciente. Todavía tieso y todavía boquitrinco apareció en la pantalla con sus sesenta y tantos, robusto y engominado hasta decir basta. En ambas llevaba chaquetones de cuello chino, rígidos y estirados en los que pude adivinar aquellas hombreras anchetas que se usaban en la época. Lucía estirado, tenso, tan inamovible como esos señores que pasan años en la misma silla del gobierno. Menos mal que pudo dar un par de puños y patadas.

Quedé perpleja con el pelo. Muerta y boquiabierta. Este señor en su momento tuvo una maranta bastante decente, lacia y en capas. Fotos después aparecía en la prensa con menos pelos, casi calvete, nada sorprendente en los varones que van echándole años al cuerpo. Vamos, que de los diez pelos que tendría de joven ahora le quedarían unos tres…o cuatro, da igual. Pero ahora no. De repente un close up lo trajo a la pantalla de mi iPad con una siembra de pelo impresionante, cundía, formando una W en la sien. Punto y aparte el color blue black que se asemeja a la tinta de mi impresora cuando está fresquita, acabada de instalar.  Llevaba el pelo atado en ratito y no sé si por lo apretado de la gomita los ojos se le ven rasgados, como los chinos. 

No, no era la imagen requerida para el papel. Lo comprobé porque en la siguiente película apareció igual, sembrado, negrísimo, enchaquetado, trinquísimo y chino. Salamaya!

No hay nada peor que un hombre que se resiste a los años. Los que van con el flow de la edad se ven guapísimos, peliblancos o salpimentados, con arrugas adornando el rostro que una vez fue lozano y con el cuerpo machacado por una vejez sensacional. Pero los que se resisten, los que van en pie de lucha, combatientes del tiempo y quieren mantenerse en formol son un completo desastre.  Fó. A diferencia de nosotras a ellos el pelo pintado se les ve como manchado, la trincoletería no les permite casi andar y el estiramiento les da una nueva nacionalidad que oscila entre la filipina, la japonesa y la china. Carajo.

Me dio pena verle tan feo. La curiosidad me llevó a leer sobre su vida y encontré que el muy sinverguenza ha sido acusado en varias ocasiones por acoso sexual con empleadas de su compañía y mujeres de producción de sus películas. Aún así se ha casado un fracatán de veces y tiene otro fracatán de hijos/as que seguramente – porque ellos no tienen la culpa – deben encontrarle digno y bello, bello y digno.

Hasta ahí me duró la pena. Es más, ahora entiendo por qué el chubasco de pintura blue black no se le asienta en el sembradío de pelo, por qué la boca se le ha quedado pesada y sin movimiento y por qué tiene que esconder las libras de más bajo esas chaquetas ridículas que deben esconder la rechonchez del cuerpo. Así es como deben terminar todos los que con el mínimo pensamiento hayan lacerado y ofendido. Así no más.

Me quedo con Statham. Al carajo Seagal.

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Jalta

Hermana que me lees, amiga que me sigues, mujer que pululas por aquí, déjame preguntarte algo…. piensa, reflexiona, respira, espera unos segundos y contéstame desde la sínsora de tu corazón: Estás jalta (sí, jalta, con j y con l porque harta es lo correcto pero es una palabra muy fina, muy sosegada). Dime, háblame por escrito….

Te ronca la manigueta encontrar trastes en el fregadero y que toda alma que pase por el frente los ignore? Te jode que nadie agarre la escoba? Te rechincha que de ningún corazón que habita en tu hogar salga la iniciativa de mapear? Anda, sé sincera. Casi te desmayas cuando ves el mogollón de ropa para planchar y nadie mueve una manita? Eres siempre la última de la lista? Te brinca el alma cuando te llaman solamente para preguntarte si hay comida? Tienen tus hijas pantys de Victoria y tus hijos calzoncillos de Náutica y tu andas con las Joe Boxer porque para ellos lo mejor y para ti la guasafa?

Dále, desahogate. Se te asoman las lágrimas cuando encuentras la máquina de lavar llena y la ropa abombada? Hay seres mágicos en tu casa que se acaban como termitas la comida? Hay fantasmas que mueven vasos, platos, cubiertos y toda clase de artefatos por toda la casa? Van tus hijos vestidos con el último chillido mientras que tu rebuscas de narices en las góndolas de Marshalls? Tienes atrasada la mamografía? El totólogo? La colonoscopía? El dentista? Es más, confiesa, se te asoman las canas y las tapas con crayolas porque tu visita al salón de belleza depende de lo que tienen que hacer los demás?

Espera todo el mundo que decidas qué comer, a dónde ir, cuándo viajar. qué pagar, qué comprar, dónde hacer el Pavo de Acción de Gracias y qué regalar en Navidad? Te contestan tus hijos como si fueran tus panas? Respira profundo tu marido cuando le llamas? Ya no puedes soportar sus ronquidos?

Te dicen todos “pero tranquila, no te exaltes”…. “qué te pasa?”…. “relax”

Entonces hermana que me lees, amiga que me sigues, mujer que pululas por aquí, pláceme anunciarte que no estás sola en la vida…no, no lo estás. Eres, y no lo sabes, integrante del CLUB DE LAS JALTAS, ese grupo de mujeres que no se conocen pero que viven lo mismo y que están necesitadas de romper los amarres, salir disparadas corriendo, dando pelo, sintiendo en sus rostros el jodido viento y que las despeine como un signo inequívoco de libertad.

Tranquila. No estás sola en este mundo. Somos muchas! Abrazo solidario y grito nacional: ESTOY JALTAAAAAAA!!!!

 

Uka Green/ Copyright 2015

Ojalá

“Fui a entregar unos papeles y me pasaron por el lado un viejito y una viejita como de 80 años. sus cabellos eran plateados. iban tomados de la mano, caminando sin prisa, comiendo cada uno un helado de barquilla. Parecían dos niños. El paró para acomodarle el dulce que a ella se le estaba virando, luego volvió a tomarle la mano con tanta ternura para ayudarla a cruzar la calle. Intenté tomarle una foto pero me quedé sin memoria (la compra). Cuando volví a mirar ellos se estaban mirando con amor, con ese amor del que sólo es testigo los años. Lloré…Así me visualizaba yo amando”.

Este es el texto íntegro que recibí el jueves. Me lo envió mi amiga Janet, una mujer guapísima, de cabellos negros y piel acaramelada que se divorció recientemente y que va viviendo con aplomo y esperanza una nueva vida sin ese ser que la frenaba de ser la mujer y profesional maravillosa que es. Me quedé petrificada leyendo. Recibí el texto justo al llegar a un estacionamiento así que me quedé en la guagua leyendo, en silencio, pensando en tantas amigas que, como ella, han visto en otros el amor que quisieron y quieren tener.

La llamé de inmediato. “Me permites utilizar este texto para escribir una columna”. “Claro! me contestó contándome nuevamente esa escena de amor del bueno, de amor de película, de amor del que todas queremos y merecemos.

Quizás sea que somos idiotas, que somos tontas como los personajes de las telenovelas rosa. Cuando nos pica el amor se nos enciende un sentimiento para toda la vida, sin ese sello feo y complicado que dicta en un producto la fecha de caducidad. Nos visualizamos de viejitas, agarradas de la mano con ese ser que nos acompaña toda la vida. Así se veían viviendo, amando, vamos, que la película hasta nos incluye muriendo juntitos. Pero no.

En el camino se atraviesan espinas de esas filosas y flacas que uno va esquivando pero que en el mínimo descuido te rasgan, te clavan, te laceran con una herida que no sana. Estas mujeres – y hablo de las que conozco personalmente, de esas que han llorado en mi hombro – han salido disparadas de sus relaciones de una manera escabrosa y les cuesta sacudirse del cuerpo las penas, las lloradas y, para colmo, el sentimiento. Sí, porque la capacidad de amar es tan grande y estaba tan afianzada que el amor no se les va en el momento sino después de años de recuperación.

Yo simplemente no entiendo. Soy bastante morona para estas cosas. Se supone que dos personas que se amaron, que compartieron sus días, que se lanzaron en aventuras, que se agarraron en sus pesares, que compartieron sus miedos, terminen bien, no mal. Pero no es así, la mayoría de las separaciones ocurren en medio de una batalla campal en la que casi se tiran de los pelos, en la que de repente son dos desconocidos, en las que en la memoria esos recuerdos lindos se fueron directito al carajo con pasaje de ida y sin boleto de regreso.

Me imagino a mi amiga mirando a esos dos viejitos. Casi puedo verla con la lagrimita asomada, con el corazón temblando, saboreando ese momento de complicidad que merece y no tiene. La  supongo calmada, analizando, decretando dentro de sí que tiene derecho a un amor igual, a disfrutar de la barquilla, del toque de la mano que le limpia la gotita de helado que se derrama, de ese calorcito que se siente cuando te toman de la mano para cruzar.

Ojalá que le llegue, a ella y a todas. Ojalá.

UKA GREEN / COPYRIGHT 2016