NOURISHMENT

Me rejode no ver. Es de las pocas cosas que le reprocho a la vejez. He ido dejando la vista por ahí tirada. Para colmo boto los espejuelos. Me los compro grandotes, de todos los colores, los dejo en la cartera, en el escritorio, en el baño en la cocina, pero siempre los pierdo. No importa cuántos tenga en algún momento del día me encuentro tecateando por los putos espejuelos.

Obviamente no me baño con ellos. Pero hoy he aprendido la lección. Lavándome el cabello – suena bonito, pero en realidad lo que me quedan son tres pelos – decido darme un cariñito, uno de esos tratamientos que te dejas unos minutos diz que para nutrirlo, alimentarlo de no sé que coño que te lo deja brilloso y suavecito. Por lo menos eso fue lo que intenté hacer al descubrir en el baño un sobrecito marrón al lado del champú. Intentar leer unas letras doradas sobre un sobre marrón de brillo (glossy) es algo muy cabrón. Cerré los ojos hasta que mis pestañas se encontraran, lo que da un aspecto como de filipina asustada, para enfocar y leer. Nourishment…..

Perfecto! Esto es uno de esos menjunjes que se untan y uno queda suelta y lacia. Traté de leer las instrucciones, pero qué va, ya les digo que las letras chiquitas son como un demonio que nos castiga. Mucho más me jode cuando quiero leer las letras de las medicinas. Carajo! Pero si es que cada vez las colocan más y más chiquitas. Una lupa y espejuelos necesito para asegurarme que no me estoy tomando un veneno que me vaya a matar. Válgame Dios!

Pero bueno, sigo con el cuento. Ignoro las letras chiquitas que me dicen cómo utilizar el producto. Bah, si total, siempre es lo mismo. Lo untas, lo dejas y luego lo retiras. Pues procedo. Eso hago. “Uf, qué olor tan fuerte a vainilla tiene el emplaste este”. Es blanco, con textura de cold cream, espeso. Agarro una buena cantidad y me embarro el pelo, comenzando por la raíz y bajando hacia las puntas que últimamente llevo más claritas y que mi hija Lorena me ha sentenciado que tengo que ponerles acondicionador y masajear muy bien.

“Fuerte el olor este…Chacha, es casi peste….” Entonces siento los granitos, como unas bolitas ultra pequeñas. “Será que esto está viejo? Nooooo, es que debe ser uno de esos productos naturales tan de moda. Coño, creo que estas son las semillitas de la vainilla. Mmmm, tan rica que es al natural…. son unas vainitas marrón oscuro que abres por el medio insertándole un cuchillo muy fino que rajas hasta abajo. Entonces ves la pulpita, uyyyyy tan sabrosa, que es una plasta marrón como de semillas comprimidas. Eso es lo que se usa para endulzar los postres, no ese liquido que venden a montón por chavo”.

“Wow, pero para el pelo! Qué maravilla!”

vainilla

La contentura se me quitó rápido. Aquella plasta con pepitas se tornó bastante áspera. Hice lo que me dijo mi hija, comencé por la raíz y luego lo llevé – y unté extra – en las puntas sobándolas y dándoles vueltas como un tornado. Eso lo vi en QVC, en la presentación de un estilista famosísimo él, que vende un champú que no hace espuma y que le soba las puntas a sus modelos porque así es que debe ser.

Nada, seguía áspero. Miro otra vez el sobre ojicerrada pero lo único que reconozco es el nourishment. “Coño, y no tengo los espejuelos”. Me meto bajo el chorro del agua. Se supone que al contacto de agua el pelo se ponga suavecito, resbalooooso. Nada. Retiro completo la plasta y prometo mentalmente no comprarla, recomendarla, endosarla.

Salgo con ese pelo entripado y áspero, como la textura de la cáscara de guanábana. Lo seco enrollándolo en una toalla. Sospecho que la peinilla para desenredar se me quedará ahí, encajada, quizás para vivir. Me la quitarán cuando me muera, cuando me espurguen la cabeza antes de llevarme trinca y tiesa a la funeraria.

Busco los espejuelos, el sobre marrón con letras chiquitas: REPLENISHMENT dice REPLENISHMENT. ANTI AGING REPLENISHMENT TREATMENT.

CARAJO!.

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Aprender de los hijos

Nuestros hijos la tienen difícil. De cierta manera están jodidos. Han nacido en un mundo con códigos nuevos que ni siquiera nosotros entendemos. Se levantan en una economía deprimida, apretada, y viven rodeados de pequeñas guerras que se desatan a lo largo y ancho del planeta. El clima se ha confundido. Vórtices producen nevadas despampanantes, se inundan de lluvia los lugares secos y acá en el trópico hasta escasea el agua.

Me pregunto donde vivirán mis hijos. En mi época uno se graduaba y con el título universitario conseguía trabajo casi de inmediato, un trabajo que remuneraba lo suficiente como para rentar o comprar un apartamento, una casita, un techo. Ahora los muchachos llevan el título de adorno y  protagonizan un novelón dramático y monumental en busca de trabajo porque simple y sencillamente no hay, o bueno, déjame no ser tan negativa con eso de no hay, digamos mejor que no hay tanto. No hay cama pa’ tanta gente, como dice el refrán.

Conozco un chico graduado de ingeniería mecánica de una prestigiosa universidad y trabaja estacionando autos en un salón de belleza. Así tengo sobrinos, primos, amigos, hijos de mis amigas…igual.

Me pregunto donde vivirán. Con qué y donde construirán su futuro, su familia, su bienestar. El costo de la vivienda es exhorbitante. Menos mal que existen unidades reposeídas que quizás puedan comprar. O sea, que les tocará un espacio que otro tuvo que desocupar y se construye su felicidad sobre la infelicidad de alguien más.

La tienen difícil, dificilísima. Y los admiro. Los admiro porque a pesar de todos los pesares no han perdido la sonrisa ni la capacidad de disfrutar. Arman la fiesta con un six pack de cerveza, se conforman con el licor barato que puedan comprar, reciclan y se prestan la vestimenta. Ríen a carcajadas, lloran como un manantial, viven cada minuto de la forma más intensa. El mañana ya llegará.

No sé si ustedes lo han notado, pero tienen algo maravilloso nuestros hijos. Miran con ojos inclusivos, no se escandalizan con los nuevos formatos de la familia, no juzgan y, al contrario, han creado una nueva normalidad en la que no existen las pendejadas recalcitrantes con las que nos criaron.  La política como la conocemos nosotros ni les viene ni les va. Se fijan en el que trabaja bien y con ese se van. Han aprendido a vivir en un mundo abusado y lacerado, se inclinan por defenderlo, cuidarlo, limpian playas, valoran las montañas, aman la playa. Han optado por una diversión que casi no cuesta, la naturaleza.

También estiran el pesito, son expertos con las ofertas, peinan las góndolas de especiales y no están tan pendiente a las marcas. Si lo tienen bien y si no, pues también. Eso de ser estofones no les va, ellos aprenden, digieren, no se matan por lo académico sino por el conocimiento. Total, la F no significa fracaso y la A no garantiza el éxito. Eso es así.

Han desarrollado su propia táctica para sobrevivir en el mundo jodido que les estamos entregando y no están dispuestos a echarse a morir. Al contrario, viven a plenitud, a lo ancho y a lo largo de lo que la vida les permita. Bailan, brincan, cantan a coro, a karaoke, a capella.

Okey, hay algunos que han optado por un camino amargo y oscuro. Pero los buenos siempre son más, lo que pasa es que en una sociedad de noticia amarillista ni nos enteramos.  La tienen difíciles pero son campeones. Algo bueno habremos hecho para que saquen lo mejor de su estirpe y batallen con fuerza. Miro a mis hijos y a los hijos de todo el que conozco y pienso que son unos campeones, unos campeones.

Nosotros somos una recua de mamalones. Destetarnos de lo material nos ha costado y sigue costando. En vez de defender la tierra la hemos despreciado, ni pa’l carajo nos doblamos a recoger los frutos del campo. Somos la generación de la oficina, del aire acondicionado. Hemos escogido políticos de pacotilla y ahora nos estamos quejando. Pero qué coño, si hemos sido nosotros los que les hemos permitido robarnos. Ya les digo, somos tontos! Nos cuesta vivir el presente porque lo hacíamos pensando en el futuro, en el retiro y resulta que ahora no hay retiro visible, hay que seguir doblando el lomo hasta que el cuerpo aguante. Nos hemos enfrascado en vivir de ilusiones perdiendo el tiempo que debemos invertir en vivir el hoy, que es lo único seguro que tenemos. A fin de cuentas mañana estiramos la pata y no vivimos al nivel que debíamos haber vivido.

Es a nosotros a quienes nos toca aprender, aprender de los hijos.

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Por una cerveza…

Si fuera por los anormales de ese país cuyo nombre suena a flor deprimida, de mí no quedaría ni la u, ni la k y mucho menos la a. Estaría bajo tierra, con los gusanos devorándose lo que a fuerza de tanto potingue caro he cuidado. Digo, si es que me hubiera quedado algo de cuerpo después de la tortura de esos desquiciados.

Ayer apareció publicada, en letras pequeñitas como quien no quiere llamar la atención, la noticia de que en ese país que no pienso pisar jamás, azotarán a una mujer por beber cerveza, porque las mentes retrógradas y maquiavélicas dictaminan que una mujer no puede beber.

Quiero imaginarme que esa o esas cervezas que tomó esa mujer estaban friítas, sabrosas, y que las bajó por su garganta con placer, aplacando el fastidioso calor que seguramente azota y castiga las tardes de ese país. Quiero pensar que la disfrutó, que al tomarla en contra de esa ley se sintió realizada, poderosa, fuerte, única. Que violar esas reglas viejoletas, obsoletas y todo lo que termine en etas  le dio una sensación de triunfo que siempre siempre siempre atesorará en lo que le quede de vida… porque quiero pensar que le va a quedar vida.

Intento imaginarla con las dos manos agarradas a la lata o a la botella, acariciándola, regodeándose en cada uno de los detalles de la etiqueta, mirándola con el deseo del que desea algo y lo va a tener. Intento imaginar su rostro con todas sus facciones en complicidad con la rebeldía de su alma y la libertad de su corazón.

Maldigo las manos que azotarán esa mujer, las maldigo con toda la fuerza de mi corazón de mujer. Maldigo esas reglas. Maldigo el abuso. Maldigo el yugo. Maldigo la ignorancia. Maldigo a todos los que en este asunto tengan que ver. Ni siquiera sé con qué aparato se azota a un ser humano. Y no quiero saber. Pero lo maldigomaldigomaldigo también.

Bendigo a esa mujer. Bendigo cada pulgada de su cuerpo, de su espacio. Bendigo su mente, su corazón, su espíritu. Bendigo su fortaleza. Bendigo su vida, sus hijos, su familia, sus sueños, su ilusión, su rebeldía. La bendigo a ella y a todas las mujeres del mundo que son cada día víctimas de represión. Que no sólo con varas se azota….

Y pienso en nosotras, las que somos iguales pero vivimos al otro lado. Las que escogemos, compramos y disfrutamos la cerveza que nos de la gana, el ron que nos de la gana, el vino que nos de la gana, el vodka que nos de la gana, el whiskey que nos de la gana y, a fin de cuentas, la puta bebida que nos de la gana. Nosotras, las que seríamos azotadas hasta destilar de nuestros cuerpos la última gotita de líquido ilegal y escondidamente ingerido. Nosotras, las que ante esta soberana putada queremos hacerlo todo y no podemos hacer nada.

Bendigo a esa mujer. Su castigo también es mi castigo. Yo también me siento azotada.

(Semanas después de escribir esta columna, apareció publicada, igual de chiquitita, la noticia de la posposición del castigo, indefinidamente. Sólo ruego a Dios que el indefinidamente sea para siempre.)

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Tengo un novio jovencito!

Me lo dijo susurrando: “Tengo un novio jovencito”. Y yo, que con tanto escuchar cosas en la vida me voy quedando medio sorda, le espeté con el volumen de mi santa bocota a tó jender: “¿quéeeeeee?”.  Mi amiga se asustó. Pensó que me burlaría, que me reiría y que le colgaría un letrero de ridícula. Pero qué va… qué va.

Me parece maravilloso, es más, todo un regalo del cielo, que esta amiga y otras cuantas amigas más que han sobrevivido desastrosos desencuentros, se hayan enganchado a media vida con un joven espectacular que las hace temblar como gelatina. ¡Ah no! ¿Y qué se supone que hagan estas hembras monumentales? ¿Empatarse con un viejo de capa caída? ¿Con un señor de orejas flácidas y deprimidas? ¿Con un paciente de próstata? Pero hellooooo, claro que NO. NO, NO y NO.

Ellas se merecen una nueva brisa que las despeine y las deje con los pelos de punta… ¡¡todos los pelos!! ¡La cana incluida! Así que a ellas, cuando vienen a contarme los inicios de ese romance, les digo como los Del Río: “Dále a tu cuerpo alegría, Macarena”.

Pero vamos a ver, que si vas en el avión del destino y te ofrecen chicken or pasta, agarra el pollo mujer, no seas pendeja, que pasta siempre habrá después. ¿Y si la frase es chicken or meat? Pues métete la carne nena, aunque seas vegetariana y termines envenenada en el hospital… que no es lo mismo envenenarse por un brócoli que por un sabroso trozo de carne USDA Choice y Angus Beef.

¡Qué se joda! ¿No es así como los hombres, en el ocaso de sus días, van caminando por ahí con sus pollitas? Pues la mujer tiene derecho también de caminar por la calle embracetá con un magnífico ejemplar veinte años menor, sin barriga, sin estrías, sin pellejos, sin canitas, sin el bamboleo entre el huevo y el cerebro. Ande usted por el supermercado de la carne y seleccione el corte que le apetezca comer. Y buen provecho, coño.

Tengo varias amigas rejuvenecidas por las peripecias de un nuevo amor. Parecen salidas de un garaje luego de un cambio de aceite y filtro, alineamiento y tune up. Su culete celebra el regreso del contoneo, el cabello escapa de la muerte con el blowetazo semanal. Corren al closet y hacen resaque, botan las viejeras, dinosaurios, fósiles, para emprender expedición en busca de nuevos trapos y gangarrias que las hagan lucir regias, trastornadas. Nuevamente se trepan en las tacas, rebuscan en la maleta hasta encontrar el lápiz labial rojo pasión, se perfuman todavía mojadas para preservar el olor que enloquecerá a ese hombre de cuerpo joven, valiente y atrevido. Parece que se hicieron un face lift, pero el lift fue de cuerpo entero.

Imaginariamente llevan una cinta. Unas leen Ms. Felicidad y Risas Adyacentes. Otras, Ms. Muérete de la Envidia, Ms. Que Se Joda, Mrs. Carajo Qué Bueno Es Esto, Ms. Haberlo Sabido Antes y Ms. A Toda Hora Tengo Sexo. Llevan dibujada en la cara una de esas sonrisitas maliciosas y pícaras mientras caminan como una Miss Universo justo al instante de ganar. Sólo les falta mover la manita diciendo adiós.

Llegan tarde a los almuerzos, entran casi sudando apresuradas:

“Ay perdónenme, es que no he dormido nada”. Y el resto de mujeres que ocupamos la dichosa mesa no decimos pero pensamos: “Coño, y yo jodida durmiendo tanto, que ya parezo La Bella Durmiente”.

Y se montan en motoras aunque el fastidioso sillín les abra hasta la última de las neuronas. Y se espetan de lo más contentitas la silla de la bicicleta en la que ponen el culo sabrá Dios cuántos años después. Y se trepan en esquís acuáticos aunque las piernas les tiemblen. Y ven otra vez películas de miedo, gritan en conciertos de rockeros, le dan hasta abajo con el sonsonete de los reggaetoneros. Y sueñan a toda velocidad para que el siguiente día llegue bien rápido. Y echan a la basura los recuerdos, aquellos tiempos que muertas en vida vivieron.

Y cambian. De Minivan a Corveta. De mumu a baby doll. De pantaleta a g string. Se hacen highlights en vez de pintarse el pelo. Ponen color en sus garras. Se liman la uñita más chica. Y no sienten ni un hot flash, sino el flash del hot que las estremece a cualquier hora, en cualquier momento.

Ya les dije y les repito, ese enamoramiento es como un spa: espalrencuentroconsuyoenelespejo…”Dále a tu cuerpo alegría Macarena que tu cuerpo es pa’ darle alegría y cosa buena… ¡¡¡ahhhjáaaaa!!!”

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DEL IVU, EL IVA Y EL CARAJO

A mi los cuentos del IVU y el IVA me ponen mal, tan mal que no sé si IVA o venía, si voy o vengo en ese revoltillo de números, por cientos e impuestos. Tan mal me pongo que pienso que un día se me volará la cachucha y saldré corriendo como loca desquiciada, moviendo la sereta a cámara lenta, desnuda, con el festival de pellejos y colgalejos libres al viento, como desenfrenada, las carnes tropezando y rebotando, en fin, lista para tirarme en un clavado histórico y sensacional de la garita más orinada.
Me entra más miedo del que sienten mis hijos cuando se enfrentan Don Quijote de la Mancha y al meollo entre ese personaje, que estaba más loco que una cabra, Dulcinea y el pobre Sancho Panza. Fatal.
Nada más mencionan la i de IVU, IVA e IMPUESTOS, se me pone la carne de gallina. Pero carajo, de dónde más nos van a sacar, cuánto más nos pueden exprimir? Y me da rabia, siento coraje con la retahíla de gobernantes, senadores, legisladores rimbombantes, “honorables”, dicharacheros, caripelaos y carifrescos que contribuyeron año tras año a la formación de este bollete y reguero. Recuerdo los nudos monumentales que se me formaban con el hilo cuando se me zafaba del carrete, imposibles de desenredar y pues así, así mismo. Entonces la rabia me azota con malos pensamientos, con planes maquiavélicos para vengarme de todos los gobiernos que nos han tomado por pendejos. Y bueno, que sí, que lo hemos sido, que nos hemos quedado calladitos y en voto de silencio porque en las buenas, en la pompa, todo el mundo calla y en las malas todo el mundo pataletea y grita.
A este atascamiento isleño tipo película, con papeles protagónicos, segundos actores y actrices y hasta con invitados de “casta” internacional, no puedo dedicarle mucho tiempo. No lo tengo. Además no quiero. Tengo demasiado que hacer y trabajar. Prioridad es orientar a mis hijas, que doblan el lomo cuatro veces más que yo a su edad – y mira que yo me lo partía – para ganarse un sueldito que no les da. Cómo comprarán una casa? En qué condiciones vivirán? Santo Cristo!
En esta nueva economía hay una nueva sociedad, la de los que suben, los que van detrás nuestro y han tenido que amoldarse a otros tiempos en los que sus mayores no tenemos experiencia. Además, tengo dos hijos en los quince años, con las hormonas revueltas, con la rebeldía a punto de asomarse y desbordarse, con ese cerebro de la nueva generación, que funciona como un chip de alta tecnología y que no reconoce nuestra normalidad porque viven, respiran y vibran diferente, totalmente diferente.
Así que me tomo un whiskicito de vez en cuando y de cuando en vez, saboreado lentamente, rindiéndolo gota a gota, con el placer que produce el saber que se acabará. Si algo bueno nos va dejando la jodida crisis es la habilidad de degustar, de valorar, de tener los sentidos activados en 3D para que cada experiencia sea la máxima posible…. por si acaso. Hay que arrastrarse bailando, doblarse de risa, hablar alto, “jartarse” de comida, abrazarse apretao, despilfarrarnos.
Ya cuando entro en estado de descomposición, casi tocando el arpa ante San Pedro, me acuesto a dormir. Que ya mañana será otro día, que me concentraré en mirar lo bonito de la vida, que le dedicaré tiempo a lo que lo valga, que agradeceré hasta lo más mínimo que tengo, que bailaré al son que me toquen, que vibraré con esa energía positiva que almaceno en este cuerpo amplio y rechoncho porque necesito tenerla ahí, presta, lista, al alcance de sólo un pensamiento y un clic para dispararse con una sonrisa.
Lo demás al carajo, al carajo se va con IVU y con IVA en sus respectivos por cientos.
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La rascadera de huevos

En aquella empresa éramos cinco mujeres y tres hombres. Pero aquellos tres valían por nosotras cinco y alguna más. Y se rascaban los huevos. ¿O debo decir güevos? ¡Y cómo se rascaban!!  Esa rascadera me enfermaba. ¡Y cómo!

Lo peor de todo era que lo hacían frente a uno así como si nada, tan al natural… y yo sin saber qué hacer, intentaba sostener la mirada en el rostro de ellos así como si nada, tan al natural.

Confieso que en la soledad de mi oficina les mentaba la madre. Después me sentía fatal por ese pensamiento tan malvado y me perdía mentalmente en el ejercicio de buscarle alguna explicación, o por lo menos una justificación. ¡Dito! ¿Será que les pica? ¿Será que necesitan chequear que no se les han perdido? ¿Será que al hacerlo se les estimulan las neuronas del cerebro…les aumentará el sentido de virilidad?

Siempre me he preguntado si ese rasca y rasca es un hábito puertorriqueño que se deba incluir en libros y relatos televisivos como una costumbre popular heredada por ellos y aceptada por nosotras.  Mis clientes de otras nacionalidades no se rascan jamás. Por lo menos no frente a mi. Es más, pensándolo bien mi marido tampoco, y mis dos hijos mucho menos.

Un día no pude más y convoqué a una reunión femenina de emergencia en mi oficina. Era como un junte de integrantes patria o muerte de una unión laboral listos para la huelga.  Sin pelos en la lengua. Sin misericordia. Abrí la boca y de inmediato encontré solidaridad. Eramos cinco las enfermas con aquella rascadera.

Entonces puse en marcha un plan maquiavélico que fue secundado de inmediato por mis compañeras. Lo llevaríamos a cabo esa misma tarde, (no había tiempo que perder), en la reunión de staff en la oficina del Presidente. Había llegado nuestro momento, el de la gotita de sangre resbalando por la comisura del labio, el de la venganza, como en las telenovelas, ta ta ta tánnnnn…

La reunión comenzó como siempre, a las dos. Cómodamente ubicadas en nuestras butacas escuchamos la perorata del Presi. Al finalizar dijo: “Uka, procede con tu informe”. ¡Yesssss! Llegó la señal.  Mientras hablaba sobre los impactos mediáticos de la merenguera que desarrollábamos en ese momento, dando un vistazo de refilón a los apuntes de mi libreta, comencé a rascarme la tota. Sí, la tota. Sorry, no hay manera que suene bonita la palabrita. ¡Y los  sinónimos mejor ni los escribo!

Me rasqué. La sensación fue de triunfo, casi de liberación. Pero yo tan así, tan al natural. Y ellos como mirando, pero sin mirar.

Continuó la segunda mujer de la guerrilla, quien por cierto, es de mi familia. Pasó revista por las presentaciones vendidas y de pronto, ¡zás! se rascó una teta. Lo hizo con fuerza, amortiguando una picazón simulada con una actuación que le pudo haber ganado un Oscar.  Entonces la tercera de nosotras interrumpió, hizo un comentario que ahora no recuerdo, levantó de medio gancho uno de sus musletes y se rascó el fondillo.


Y ellos, aquellos tres que valían por nosotras cinco y alguna más, se iban achicando, mientras las cabezas les daban vuelta como a Linda Blair en esa escena horrible de El Exorcista. No decían nada. Se habían quedado mudos o no se atrevían, da igual.

El Presidente, un poco nervioso pero por supuesto disimulando, preguntó si queríamos café. Y fue entonces cuando la asistente administrativa, tan servicial como siempre, se levantó y caminó muy coquetona ella, culipandeando hasta llegar a la puerta. Lo siguiente fue un movimiento espectacular. Rumba macumba candombe bámbula, como reza el poema Majestad Negra. Agarró el picaporte con una mano y con la otra se sacó un monumental colillón entrometido en sus nalgas orgullosas y respingadas.

La actuación de la quinta guerrillera quedó frustrada cuando aquellos tres abrieron la boca a preguntarnos, entre gritos, cejas y ojos levantados, qué nos pasaba. Nos servimos con la cuchara grande. Protestamos contra la rascadera de huevos como hoy lo hacemos por los impuestos y los aumentos, con fuerza y coraje. El mensaje fue claro y concreto. Y por supuesto, nos reímos, nos atacamos todos hasta el borde del llanto.

No sé si hoy todavía se rascan en horario laboral. O si aprendieron la lección y lo hacen en la privacidad del baño, del carro, o de su hogar. Sólo sé que aquella fue una tarde gloriosa para nosotras. Estábamos en victoria. ¡Y nos sentimos más MACHAS que nunca!!!!!

(Esta columna está incluída en el libro Uka Green Cuarentaytantos, disponible en Amazon.com)UKA GREEN CUARENTAYTANTOS/ COPYRIGHT 2010